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VECINOS

La vecina llama a la puerta

La vecina llama a la puerta
Bekia
Última actualización:
Con cada timbrazo, una descarga le atravesaba el cuerpo, desde la cadera hasta su cabeza, no podía evitar sentir ese placer cada vez que la sentía cerca.

Sonó el timbre. Alto, fuerte, grave, un sonido que a él siempre le irritaba. Pero notaba que esta llamada a la puerta no era la de cualquier desconocido, ni de un amigo, ni nada; era alegre, continua e impaciente. Claramente era ella, así que se soltó el estropajo y el vaso que tenía en la mano, se secó con su camiseta, y se apresuró a abrir. Aunque, por qué no, iba a esperar unos segundos, quería llevar su inquietud al límite. Ella seguía llamando una y otra vez, de la misma manera. Con cada timbrazo, una descarga le atravesaba el cuerpo, desde la cadera hasta su cabeza, no podía evitar sentir ese placer cada vez que la sentía cerca.

Trece, catorce y quince? ¡Abrió la puerta! Ella se abalanzó sobre su boca, le rodeó el cuello con los brazos y le besó con furia. ?¡Estaba muerta de frío, vengo en pijama, idiota!?, le espetó en los pocos segundos que separó sus labios de los de él a la vez que ambos reían. Su pijama era muy sexy, o era sexy ella, no estaba seguro. Un pantalón fino con el que le resultaba bien fácil sentir su carne, y una camiseta de tirantes ajustada, a través de la cual podía adivinar la forma de sus pechos. Su vecina era tremendamente irresistible para él.

Ella llamó a la puerta mientras él estaba fregando

Ella pronto dejó de sentir el frío. Los brazos de él eran grandes y la tapaban como una manta. Cada roce que sentía contra su cuerpo le hacía encenderse más y más. Le gustaba sentir su barba, no dejaba de besarle. Poco a poco, le fue empujando hacia la habitación, que ya sabía dónde estaba, y no se despegaron el uno del otro hasta que las piernas de él chocaron con la cama y le hicieron caerse.

Él la cogió por la cintura y la sentó encima de él. Sus manos recorrieron desde sus muslos y su la cintura hasta sus pechos, su cuello, su cara, su pelo? Volvieron a descender, esta vez, para bajarle los tirantes y dejarle el torso desnudo, y así acariciar y recorrer con los labios la suave piel que lo envolvía. La más suave de todo su cuerpo.

A él le gustaba que ella se pusiera encima

Ella se estremecía al sentir sus labios y su lengua recorriendo su cuerpo. Le quitó la camiseta, cuya humedad llevaba un rato molestándole, y se abrazó a él para sentir de nuevo el contacto de la piel. Le siguió besando mientras se apresuraba a hacer lo mismo con los pantalones. Cuando ya no podía bajárselos más desde esa posición se sentó en la cama y continuó la labor mientras, decidida, comenzó a darle placer son su mano. Le encantaba oírle respirar, cada vez más fuerte. Los encuentros fortuitos que desde hace semanas se repetían (cada vez con mayor frecuencia), la hacían sentirse más excitada y desinhibida que nunca. ¿Era él o era la situación? ¿O ambas cosas? De lo que estaba segura era de que no necesitaba más tiempo ni más preliminares: paró, se bajó de la cama y se dio la vuelta. Se quitó lentamente el pantalón y la ropa interior para que él se deleitara y, de paso, le acariciara. Dentro de sus braguitas color crema había escondido un preservativo, porque le gustaba jugar a las sorpresas (otras veces lo escondía en la boca, en el escote, ¡hasta en el calcetín!). Sintió que él se reía nervioso, así que volvió a la cama, le colocó el preservativo y rápidamente se subió encima de él.

A él le gustaba que ella estuviera encima. Así podía verla entera, como era ella, tocarla, mirarla, moverse y sentir cómo se movía ella. Ambos eran actores en este momento, sólo tenían que dejarse llevar, no había ni reglas, ni prisa, ni prejuicios. Tras sentir cómo ella cerraba los ojos y respiraba entrecortadamente, supo que podía llegar al esperado punto sin retorno. Lo hicieron con pocos segundos de diferencia, y después ella se echo lentamente sobre él, cansada, relajada, sonriendo, feliz.

Ninguno sabía que el otro estaba enamorado

Él la abrazó de nuevo, pues seguía haciendo frío. Le encantaba ese momento, casi más que todo el ritual anterior. No se lo quería decir con palabras, no quería forzar las cosas, pero sí le mostraba con gestos un cariño que daba a entender que le agradaba su presencia, más allá del sexo. ¿Y si la invitaba a quedarse a comer con él? Quizá se quedara también por la tarde. Ojalá no se fuera?

Ella sintió sus brazos arropándola y quiso arroparle con los suyos a él también. Le gustaba olerle el cuello, cada vez que lo hacía su corazón, aún recuperándose, parecía querer volver a dispararse. ?Ojalá nos quedáramos así todo el día?, pensaba ella. No sabía cuánto tiempo podría permanecer en su cuarto antes de que empezara esa incomodidad. Se suponía que este tipo de relaciones eran más fáciles de llevar, pero él era un chico muy interesante, y sería un desperdicio no conocer más allá de su cuerpo. ¿Cómo podría acercarse más a él?

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